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Hierro negro que duerme, fierro negro que gime
por cada poro un grito de desconsolación.
Las cenizas ardidas sobre la tierra triste,
los caldos en que el bronce derritió su dolor.
Aves de qué lejano país desventurado graznaron
en la noche dolorosa y sin fin?
Y el grito se me crispa como un nervio enroscado
o como la cuerda rota de un violín.
Cada máquina tiene una pupila abierta
para mirarme a mí.
(Maestranzas de la Noche, Pablo Neruda)
Este año ha sido distinto, tanto así que hace un par de semanas fui despedido de mi trabajo... ¿las razones?, las más absurdas que la fantasía o la realidad puede dar. Pero era parte del proceso a seguir en un instante en que todo en la vida parece ser un absurdo. Desde los motivos para levantarse o el deseo incomprendido de algunos de perpetuarse en un poder, más por privilegios que por el deseo de hacer del mundo algo mejor.
No ha sido fácil este tiempo, pero el remezón fue útil, para muchas cosas, la primera para dejar de ser tan confiado y la segunda para comenzar de nuevo, poner en la balanza las cosas y ver qué es lo que realmente importa.
Es que de a poco el tiempo va haciendo que los colores van perdiendo fuerza y ese rojo intenso de antaño ahora es un rosado pastel, y el azul intenso del cielo parece ser un tímido celeste. ¿o será que nuestra visión espectral va desvaneciendo las frecuencias?...





